Ayer
Su curiosidad y sus ganas de aprender se habían manifestado desde muy temprano. Tenía diecinueve años cuando se acercó al Palazzo Venier dei Leoni, en Venecia. Allí vivía Peggy Guggenheim, una de las mecenas más importantes del siglo XX. Creyó que era una empleada rumbo al mercado la señora que salía con una bolsa en mano, y le preguntó por la dueña de casa. Ella, a su vez, quiso saber por qué la buscaba.
“Le conté que era un interesado en arte, que mi tío Paul Rosenberg había sido galerista y mis padres eran amigos de Picasso, Braque, Matisse y, por lo tanto, sabía que en esa casa se guardaban algunas de las más grandes maravillas del arte contemporáneo”, relató Helft en el libro sobre su historia.
Para su sorpresa, la mujer respondió: “Yo soy Peggy Guggenheim. En este momento debo salir, pero podés entrar y mirar las esculturas que hay en el jardín y vas a encontrar la puerta de la casa abierta. Cuando entres, verás a tu izquierda el living y el comedor. No te pierdas las obras del pasillo, luego pasá a mi dormitorio y no dejes de ver mi cama, que la hizo Calder”.
También le pidió que, cuando terminara su visita, le diera un golpe fuerte a la puerta principal para que se cerrara bien.
Celina Chatruc, La Nación
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