Hasta ahora se pueden identificar tres tipos de asimetrías que tienen raíces profundas en el tiempo, pero que se visibilizaron como derivaciones propias del actual programa económico. Por un lado, la que surge de observar el desempeño dispar de los distintos sectores productivos,
entre los que encontraron mayores facilidades en la apertura comercial y
los que la padecen, y entre los que tienen una proyección global y los
que dependen del mercado interno.
La segunda marca divisoria emerge entre grupos sociales,
con una clase alta y media alta que aceleró sus compras en dólares y
que se beneficia con el tipo de cambio, y clases media-baja y baja que
consumen menos y tienen dificultades importantes para llegar a fin de
mes.
Y la tercera bifurcación es la geográfica,
con las regiones cordillerana (minería), patagónica (energía) y
pampeana (campo) en un momento de prosperidad, y los conurbanos de las
grandes ciudades, en particular el AMBA, con industrias deprimidas y
consumos deteriorados.
La nueva Argentina se está construyendo sobre estas tres líneas de fractura.
Se
trata del intento de reconversión más profunda de la concepción del
país desde que se agotó el modelo de sustitución de importaciones a
mediados de los 70.
Es el experimento más ambicioso porque
apunta a trasladar el epicentro productivo de la era industrial a zonas
determinadas por los recursos naturales.
También porque asume que la
competitividad es la única fuerza organizadora de la matriz productiva,
en donde cualquier esquema de compensación es considerada una
adulteración distorsiva.
Y además porque lleva implícita una lógica de
restauración individual que desafía la tradición igualitaria que
caracterizó al país desde el siglo XX, un orden en el cual la libertad
personal representa un valor superior al de la realización comunitaria.
JORGE LIOTTI, LA NACIÓN, HOY